Revolucionarios que han pasado..

LA HABITACION ROJA

 



Las luces rojas cambiaban de intensidad, bañando la sala con un pulso hipnótico. El sofá amplio, repleto de almohadones, parecía invitarlos a hundirse en él mientras la música quedaba ahogada por el silencio eléctrico. Entre los juguetes que colgaban de la pared y el brillo metálico de algunos objetos, la atmósfera estaba cargada de una energía que no dejaba espacio a las dudas.

Maxi y Stephie se miraban sin palabras, como si ya supieran lo que iba a ocurrir. No eran pareja, no lo necesitaban; su acuerdo era otro: intensidad sin compromiso, un pacto tácito que hacía que cada encuentro explotara con la misma fuerza. El televisor apagado reflejaba sus sombras, deformadas por las luces cambiantes, como si el cuarto mismo respirara con ellos.

El ambiente pesaba, denso, provocador. En cada gesto, cada roce calculado, estaba la certeza de que no había marcha atrás.


La sala ya no era un cuarto. Era un organismo vivo, pulsando con cada destello rojo. El aire se espesaba como humo invisible, haciéndole difícil a Maxi distinguir si lo que sentía era deseo, miedo o la certeza de que estaba siendo arrastrado a un lugar donde las reglas humanas ya no importaban.

Stephie seguía en el sofá, rodeada de almohadones como una figura entronizada. Pero en la oscilación de la luz algo cambió. Por un instante, apenas un parpadeo, su silueta no coincidió con su reflejo en la pantalla apagada. La sombra que devolvía el televisor se movió un segundo más tarde, con un retardo imposible, como si ella existiera en dos planos distintos.

Maxi parpadeó, intentando convencerse de que había sido un truco de la vista. Pero la sensación lo atravesó como un cuchillo: Stephie no estaba del todo allí. O tal vez estaba demasiado. Demasiado presente, demasiado vasta para caber en la forma humana que aparentaba.

Su mirada lo sostuvo. Y entonces, sin que mediara palabra, Maxi escuchó algo dentro de sí. Una voz, clara, femenina, pero que no salió de sus labios: No luches. Nunca lo hiciste.

El corazón le martillaba el pecho. El parpadeo de la luz se sincronizó con él hasta volverse insoportable. Cada latido era un golpe, cada golpe, una orden. El cuerpo le respondía a Stephie antes que a su propia voluntad. Intentó apartar la vista, pero fue inútil: sus ojos lo mantenían fijo, atado, como garras invisibles que lo clavaban al suelo.

El zumbido del televisor se transformó en un murmullo bajo, como un coro lejano. Y la sombra de Stephie en el reflejo sonrió, aunque su rostro real seguía inmóvil. Esa sonrisa, que no debía existir, lo desgarró por dentro. No era humana. Era un recordatorio de que estaba frente a algo que lo superaba, que lo había elegido mucho antes de que él pusiera un pie en esa sala.

La alfombra parecía hundirse bajo sus pies, como si lo tragara lentamente. Y Stephie, sin moverse un centímetro, inclinó apenas la cabeza. Un gesto mínimo, suficiente para sellar el pacto.


Maxi comprendió que ya no estaba en un juego de amigos con derechos. Ni siquiera en un juego de poder humano. Estaba entrando en otra dimensión de deseo y sometimiento, en la que Stephie no era su compañera, sino su dueña. Su carcelera. O quizás su condena eterna.

El rojo se intensificó hasta cegar. Y lo último que sintió fue la certeza de que lo perturbador no era perderse en ella, sino descubrir que Stephie nunca había sido completamente humana.

Ella le tomo el pene a Maxi lo sacudió con firmeza, estaba rojo casi morado como la habitación, lo  froto con fuerza frotándolo en sus pechos mientras Maxi le sacudía con sus dedos la concha y el clítoris, a un ritmo infernal .

De pronto los dos se paralizaron, sus cuerpos se entumecieron y empezaron a tener movimientos musculares frenéticos  y sin poder controlarlos.  Maxi descargo una leche espesa que llego a rociar las tetas duras y moradas de Stephie, en un chorro interminable que hizo contraste con su cuerpo iluminado de rojo, ese blanco de la leche erosiono todo su cuerpo hasta lo impensable, mientras stephie en unos sacudones hipnóticos, empezó con chorros transparentes como si su cuerpo estuviera quedándose sin líquido y mojando todo a su alrededor, las paredes de color rojo, se tornaron anaranjado de tanto chorro mojado, y los dos sacaron de su interior un grito gutural, entre éxtasis y fantasmal, desmayándose en el último chorro de su cuerpo.



Comentarios

  1. le dediqué la paja a Stephie y a ustedes, si me invitan los pajeo mientras escriben.

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  2. Muchas gracias por leernos y dedicarnos la paja, pronto saldrá nuestro libro digital, estate atento, interesante la propuesta en algún momento la hacemos!

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